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jueves, 24 de mayo de 2012

Errico Malatesta - “Piotr Kropotkin: Recuerdos y criticas a un viejo amigo”



Publicado en Studi Sociali 15 de abril de 1931.
PETER KROPOTKIN es sin duda uno de los que mas ha contribuido- tal vez más incluso que Bakunin y Elisée Reclus- a la elaboración y propagacion de la idea anarquista. Y tiene por lo tanto bien merecido el reconocimiento y la admiración que todos los anarquistas sienten por el.
Pero en homenaje a la verdad y en el mayor interés de la causa, uno debe reconocer que su actividad no ha sido todo totalmente beneficiosa. No fue su culpa; al contrario, fue la misma eminencia de sus cualidades la que dió origen a los males que me estoy proponiendo discutir.
Naturalmente, Kropotkin al ser un mortal entre mortales no pudo evitar en forma continua el error y abrazar la verdad absoluta. Uno debe sentirse por lo tanto beneficiado por su inestimable contribución y la continuación de la búsqueda que conduce a nuevos avances. Pero sus talentos literarios, la importancia y el volumen de su produccion, su actividad infatigable, el prestigio que llego a él como consecuencia de su reputación como un excelente científico, el hecho de que hubo de renunciar a una posición privilegiada para defender, a costa del sufrimiento y el peligro, la causa popular, y además la fascinación de su personalidad que determino la atención de aquellos que tuvieron la dicha de encontrase con el, le hicieron adquirir una notoriedad y una influencia tal que aparecio, y en gran medida realmente lo fue, como el maestro reconocido de la mayor parte de los anarquistas.
Como resultado de lo cual, la crítica se desanimó y el desarrollo de la idea anarquista fue detenido. Durante muchos años, a pesar del espíritu iconoclasta  y progresista de los anarquistas, la mayoría de ellos en lo que se refiere a la teoría y la propaganda, no hizo más que citar el estudio de Kropotkin. El expresarse de una manera diistinta a como él  lo hizo fue considerado por muchos compañeros, casi como una herejía.
Por lo tanto, sería oportuno someter la enseñanza de Kropotkin a un analisis cerrado y critico, a fin de separar lo siempre vivo y real de lo que penso en tiempos más recientes y que la experiencia ha demostrado erróneo. Una cuestión que no sólo afecta a Kropotkin, ya que los errores que uno puede culparle por haber cometido ya se profesaban por los anarquistas antes que Kropotkin adquiriera su lugar eminente en el movimiento: el los confirmó y luego los hizo sumandoles el peso de su talento y su prestigio; pero cada uno de los viejos militantes, o casi todos, tenemos nuestra parte de responsabilidad.
* * *
Al escribir ahora acerca de Kropotkin no tengo la intención de examinar sus enseñanzas. Sólo quiero grabar algunas impresiones y recuerdos, lo que puede en mi opinión, servir para dar a conocer mejor su estatura moral e intelectual, así como comprender más claramente sus cualidades y sus defectos.
Pero antes de nada voy a decir unas pocas palabras que vienen del corazón porque no puedo pensar en Kropotkin sin ser movido por el recuerdo de su inmensa bondad. Recuerdo lo que hizo en Ginebra en el invierno de 1879 para ayudar a un grupo de refugiados italianos en una situación desesperada, entre ellos yo mismo, me acuerdo de las pequeñas atenciones, que yo llamaría maternales, que me otorgó cuando una noche en Londres al ser víctima de un accidente fui a llamar a su puerta; recuerdo las innumerables acciones para todo tipo de gente, recuerdo el ambiente cordial con los que le rodeaban. Porque él era una persona muy buena, de esa bondad que es casi inconsciente y necesita volver a vivir todo el sufrimiento y estar rodeado de sonrisas y felicidad. Uno podria haber dicho sin siquiera conocerlo que el era una persona realmente buena; en cualquier caso, no le gustaba que alguien haga esto, y se ofendió cuando yo escribi en un artículo en ocasión de su cumpleaños numero 70  que su bondad era la primera de sus cualidades. Más bien se jactaba de su energía y su valentía, tal vez porque estas cualidades se habían establecido en y para la lucha, mientras que la bondad era la expresión espontánea de su naturaleza íntima.
* * *
Tuve el honor y la buena fortuna de estar durante muchos años vinculado a Kropotkin por la más cordial amistad.
Nos amamos, porque nos sentimos inspirados por la misma pasión, por las mismas esperanzas … y también por las mismas ilusiones.
Ambos nos mostramos optimistas por el temperamento (creo sin embargo que el optimismo de Kropotkin supero por mucho el mio y, posiblemente, haya surgido de una fuente diferente) y veíamos las cosas con gafas teñidas de color rosa, ¡ay! Todo era demasiado prometedor- entonces se esperaba, y  más que hace cincuenta años, una revolución que se haria en el futuro inmediato y que introduciria  nuestra sociedad ideal. Durante estos largos años hubo períodos de dudas y desaliento. Recuerdo una vez que Kropotkin me decía: “Mi querido Errico, me temo que  estamos solos, tú y yo, en la creencia de una revolución que yace cerca de nuestras manos “. Pero fueron pasando los estados de ánimo, y muy pronto volvió la confianza; entonces explicamos las dificultades existentes y el escepticismo de los compañeros y seguimos trabajando y esperando.
Sin embargo, no hay que pensar que en todas las cuestiones hemos compartido las mismas opiniones. Por el contrario, en muchos  estábamos muy lejos de estar de acuerdo, y casi cada vez que nos encontrabamos hemos tenido debates ruidosos y acalorados, pero como Kropotkin siempre estaba seguro de que la razón estaba de su lado, y no podía sufrir con calma estar en contradicción  y, por otro lado, teniamos un gran respeto por su erudición y una profunda preocupación por sus precarias condiciones de salud, estas discusiones siempre terminaban por cambiar de tema para evitar la excitación excesiva.
Pero esto no suponía un peligro para la intimidad de nuestra relación, porque nos amamos, y porque colaboramos sentimentalmente  y no por razones intelectuales. Cualesquiera que hayan sido nuestras diferencias en la interpretación de los hechos o en los argumentos por los que justificabamos las medidas, en la práctica queríamos las mismas cosas y estabamos motivados por el mismo sentimiento intenso hacia la libertad, la justicia y el bienestar de toda la humanidad. Por lo tanto, podiamos avanzar en  conjunto.
Y, de hecho, nunca hubo desacuerdos graves entre nosotros hasta ese día de 1914, cuando nos enfrentamos por una cuestión de conducta práctica de importancia capital para los dos: el de la actitud a adoptar por los anarquistas hacia la guerra. En esa ocasión, las viejas preferencias de Kropotkin para todo lo que es ruso y francés se despertó y exacerbo en él, y se declaró un entusiasta partidario de la Entente. Parecía olvidar que él era un internacionalista, socialista y anarquista, se olvidó de lo que él mismo había escrito sólo un corto tiempo antes de la guerra que los capitalistas se estaban preparando, y comenzó a expresar su admiración por los peores aliados estadistas y generales, y al mismo tiempo trato de cobardes a los anarquistas que se negaron a unirse a la Unión Sacre, lamentando que su edad y su mala salud le impidió tomar el fusil y marchar contra los alemanes. Es imposible, por tanto, estar de acuerdo con el: para mí era un caso verdaderamente patológico. De todos modos fue uno de las más tristes y dolorosos momentos de mi vida (y, me atrevo a sugerir, también para él) cuando, después del más enconado debate, nos despedimos como adversarios, casi como enemigos.
Grande fue mi pesar por la pérdida del amigo y por el daño hecho a la causa como consecuencia de la confusión que se creo entre los compañeros por su deserción. Pero a pesar de todo, el amor y el aprecio que sentía por el hombre quedaron intactos, al igual que la esperanza de que, una vez que el momento de euforia asi como su propia perspectiva haya pasado, admitiria su error y volveria al movimiento el Kropotkin de antaño.
* * *
Kropotkin era al mismo tiempo, un científico y un reformador social. Él fue inspirado por dos pasiones: el deseo de conocimiento y el deseo de actuar por el bien de la humanidad, dos nobles pasiones que pueden ser mutuamente útiles, y que a uno le gustaría ver en todos los hombres, (sin ser, a todo esto, uno a la vez o uno al mismo al tiempo). Pero Kropotkin era una personalidad eminentemente sistemática y quería explicarlo todo con un principio, y reducirlo todo a la unidad y, a menudo, lo hizo, en mi opinión, a expensas de la lógica.
Así, el utilizo la ciencia para apoyar sus aspiraciones sociales, porque en su opinión, estas eran simples deducciones científicas rigurosas.
No tengo ninguna capacidad especial para juzgar a Kropotkin como científico. Sé que él en su juventud rindio servicios notables a la geografía y la geología, y aprecio la gran importancia de su libro sobre la ayuda mutua, y estoy convencido de que con su vasta cultura e inteligencia noble, podría haber hecho una mayor contribución a el adelanto de las ciencias si sus pensamientos y actividad no huibiera sido absorbida en la lucha social. Sin embargo, a mi parecer él carecía de ese algo que hace a un verdadero hombre de ciencia; la capacidad de olvidarse de las aspiraciones y las ideas preconcebidas y observar los hechos con fria objetividad. Parecía ser lo que yo diría con mucho gusto, un poeta de la ciencia. Por una intuición original, podría haber logrado prever nuevas verdades, pero estas verdades habrian tenido que ser verificadas por otros con menos, o nada de imaginación, pero mejor equipados, con lo que se llama el espíritu científico. Kropotkin era demasiado apasionado para ser un observador preciso.
Su procedimiento normal fue empezar con una hipótesis y luego buscar los hechos que la confirmaban-lo que puede ser un buen método para descubrir cosas nuevas, pero lo que ocurrió, y sin querer, fue que no veía las que invalidaban su hipótesis.
No se atrevía a admitir un hecho, y muchas veces ni siquiera lo consideraba, si no hubiera conseguido explicarlo primero, es decir encajarlo en su sistema.
Como ejemplo voy a relatar un episodio en el que yo jugue un papel:
Cuando estaba en la Pampa argentina (en los años 1885 a 1889), leí algo sobre los experimentos en la hipnosis por la Escuela de Nancy, que era nuevo para mí. Yo estaba muy interesado en el tema, pero no tuve oportunidad en el tiempo para averiguar más. Cuando yo estaba de regreso en Europa vi a Kropotkin en Londres, y le preguntó si él podía darme alguna información sobre la hipnosis. Kropotkin negó rotundamente que hubiera alguna verdad en ella; que toda ella era una falsificación o una cuestión de alucinaciones. Algún tiempo después volví a verlo, y la conversación volvió una vez más en el tema. Para mi gran sorpresa me encontré con que su opinión había cambiado por completo, los fenómenos hipnóticos se había convertido en un tema de interés que merece ser estudiado. ¿Qué había sucedido entonces? ¿Se había enterado de  nuevos hechos o había encontrado pruebas convincentes de lo que había negado previamente? No, en absoluto. El, simplemente, habia leido en un libro, por no sé que fisiólogo alemán, una teoría sobre la relación entre los dos hemisferios del cerebro que podría servir para explicar, bien o mal, los fenómenos de la hipnosis.
En vista de esta predisposición mental que le permitió acomodar las cosas a su gusto en cuestiones de ciencia pura, en la que no hay razones por las que la pasión debe confundir la inteligencia, se podria prever lo que ocurriría en aquellas cuestiones que íntimamente se referían a sus más profundos deseos y sus más caras esperanzas.
* * *
Kropotkin adhirio a la filosofía materialista que prevaleció entre los científicos en la segunda mitad del siglo XIX, la filosofía de Moleschott, Buchner, Vogt y otros, y por consiguiente, su concepto del Universo fue rigurosamente mecanicista.
Según su sistema, la Voluntad(Will) (una fuerza creadora, cuya fuente y  naturaleza no podemos comprender, como, asimismo,  no entendemos la naturaleza y la fuente de la “materia” o de cualquiera de los otros “primeros principios”)-como decía , la Voluntad, que contribuyó mucho o poco en la determinación de la conducta de los individuos y de la sociedad, no existe y es una mera ilusión. Todo lo que ha sido, es y será, desde el camino de las estrellas al el nacimiento y la decadencia de una civilización, desde el perfume de una rosa a la sonrisa en los labios de una madre, desde un terremoto a los pensamientos de un Newton, desde la crueldad de un tirano a la bondad de un santo, todo lo que tiene, debe, y quiere producirse es resultado de una inevitable secuencia de causas y efectos de origen mecánico, que no deja ninguna posibilidad de variedad. La ilusión de la Voluntad es en sí un hecho mecánico.
Naturalmente, si la Voluntad no tiene ningún poder, si todo es necesario y no puede ser de otra manera, entonces las ideas de libertad, justicia y responsabilidad no tienen ningún significado, y no tienen ninguna incidencia en la realidad.
Por lo tanto, lógicamente, todo lo que podemos hacer es contemplar lo que está ocurriendo en el mundo, con indiferencia, placer o dolor, en función de los sentimientos personales, sin esperanza y sin la posibilidad de cambiar nada.
* * *
Así que Kropotkin, que fue muy crítico con el fatalismo de los marxistas, fue él mismo víctima del fatalismo mecanicista, que es mucho más inhibidor.
Pero la filosofía no podía matar a la Voluntad de gran alcance que se encontraba en Kropotkin. Estaba demasiado profundamente convencido de la verdad de su sistema para abandonarlo o mantenerse pasivo mientras otros lo ponian en duda; era demasiado apasionado, y muy deseoso de libertad y justicia para ser detenido por la dificultad de una contradicción lógica, y dejar la lucha. Persuadio el dilema introduciendo el anarquismo en su sistema y convertiendo a este en una verdad científica.
El trataria de confirmar su punto de vista al sostener que todos los descubrimientos recientes en todas las ciencias, desde la astronomía directamente a la biología y la sociología coincidieron en demostrar cada vez más claramente que la anarquía es la forma de organización social que se impone por leyes naturales.
Se podría haber señalado que independientemente de las conclusiones que pueden extraerse de la ciencia contemporánea, es un hecho que si los nuevos descubrimientos fueran a destruir las creencias científicas actuales, habría seguido siendo un anarquista, a pesar de la ciencia, tal como era un anarquista a pesar de la lógica. Pero Kropotkin no habría sido capaz de admitir la posibilidad de un conflicto entre la ciencia y sus aspiraciones sociales y siempre ideaba el medio, no importa si era lógico o no, para conciliar su filosofía mecanicista con su anarquismo.
Así, después de haber dicho que ” La anarquíaes una concepción del universo basada sobre una interpretación mecánica de los fenómenos, que abarca todas las sociedades, incluida la vida de las sociedades ” (Confieso que nunca he logrado entender lo que esto podría significar) Kropotkin olvidaba su concepto mecanicista como un asunto sin importancia, y se lanzaba a la lucha con el fuego, el entusiasmo y la confianza de quien cree en la eficacia de su voluntad y que espera por su actividad obtener o contribuir a la consecución de las cosas que quiere.
En realidad el anarquismo y comunismo de Kropotkin eran mucho más la consecuencia de su sensibilidad que de la razón. En él, el corazón habla primero y  la razón lo sigue para justificar y reforzar sus impulsos.
Lo que constituyo la verdadera esencia de su carácter fue su amor a la humanidad, la simpatía que sentía por los pobres y los oprimidos. Él sufrió realmente por los demás, y encontró a la injusticia intolerable, incluso si operaba en su favor.
En el tiempo en que frecuentaba con él en Londres, se ganaba la vida colaborando en revistas científicas y otras publicaciones, y vivía en circunstancias relativamente cómodas, pero sentía una especie de remordimiento por haber sido mejor que la mayoría de los trabajadores manuales y siempre parecía querer disculparse por las pequeñas comodidades que podía permitirse. Decía con frecuencia, al hablar de sí mismo y de quienes estaban en circunstancias similares: “Si hemos sido capaces de educarnos a nosotros mismos y desarrollar nuestras facultades, si tenemos acceso a satisfacciones intelectuales y vivir en condiciones materiales no demasiado malas, es porque nos hemos beneficiado, a través de un accidente del renacimiento, de la explotación a que son sometidos los trabajadores y, por tanto la lucha por la emancipación de los trabajadores es un deber, una deuda que debemos pagar. “
Fue por su amor a la justicia, y a modo de expiar los privilegios que había disfrutado, que había renunciado a su cargo, abandonado sus estudios que tanto disfrutaba, para dedicarse a la educación de los trabajadores de San Petersburgo y a la lucha contra el despotismo de los zares. Alentado por estos mismos sentimientos se sumo posteriormente a la Internacional y aceptó las ideas anarquistas. Por último, entre las diferentes interpretaciones del anarquismo el eligió e hizo suyo el programa comunista-anarquista que, al estar basado en la solidaridad y el amor, va más allá de la propia justicia.
Pero, como era obviamente previsible, el tenia sus influencias a la hora de plantearse las cosas, cuál iba a ser el futuro y cómo iba a producirse, siguiendo qué tipo de lucha. Como para él, filosóficamente, todo lo que pasa es porque tiene que pasar, el deseado triunfo del anarquismo comunista también iba a ser inevitable, como si del cumplimiento de una ley natural se tratase.
Dado que, de acuerdo con su filosofía de que lo que sucede necesariamente debe ocurrir, así también el anarquismo comunista que deseaba, inevitablemente, debe triunfar, como si por una ley de la naturaleza. Y esto lo liberó de cualquier duda y elimino todas las dificultades de su camino. El mundo burgués estaba destinado a derrumbarse, ya era hora y la acción revolucionaria sólo sirvió para acelerar el proceso.
Su gran influencia como propagandista, así como la derivada de su gran talento, se basaba en el hecho de que mostró que las cosas eran muy simples, tan fáciles, tan inevitables, que los que lo oyeron hablar o leyeron sus artículos fueron inmediatamente encedidos del entusiasmo.
Los problemas morales desaparecieron porque atribuyo a la “gente”, las masas trabajadoras, grandes habilidades y todas las virtudes. Con razón elogió la influencia moral del trabajo, pero no vio lo suficiente claro los efectos deprimentes de la miseria, la corrupción y el sometimiento. Y pensó que sería suficiente suprimir los privilegios de los capitalistas y el poder de los gobernantes para que todos los hombres empezaran de inmediato a amarse como hermanos y a atender a los intereses de los demas como lo harían por los suyos.
De la misma manera no veía las dificultades materiales, o simplemente las aparto. Había aceptado la idea, a la vez muy extendida entre los anarquistas, de que la acumulación de existencias de alimentos y bienes manufacturados, era tan abundantes que, durante un largo período de tiempo no sería necesario preocuparse de la producción; y siempre declaró que el problema inmediato era el del consumo, que para el triunfo de la revolución seria necesario satisfacer las necesidades de todos de inmediato, así como en abundancia, y que la producción debia seguir el ritmo del consumo. De esta idea surgio la de “tomar de los almacenes” ( “Mucchio presanel”), que polularizo y que sin duda es la forma más sencilla de concebir el comunismo y la más propensa a traer las masas a su favor, pero es también la más primitiva, así como el camino mas utópico. Y cuando se le hizo observar que esta acumulación de productos no podía existir, porque los jefes solo permiten normalmente la producción de lo que pueden vender con beneficios, y que posiblemente en el comienzo de una revolución sería necesario organizar un sistema de racionamiento, y presionar por una intensificación de la producción en lugar de recurrir a ayudarse a sí mismos tomando de un almacén, que en el caso sería inexistente, Kropotkin se dedicó a estudiar el problema de primera mano y llegó a la conclusión de que de hecho tal abundancia no existia y que algunos países eran continuamente amenazados por la escasez. Pero recuperó este  pensamiento de las grandes potencialidades de la agricultura con la ayuda de la ciencia. Tomó como ejemplos los resultados obtenidos por los agricultores y los agrónomos pocos dotados en áreas limitadas y señaló las conclusiones más alentadoras, sin pensar en las dificultades que se pondría en el camino por la ignorancia y la aversión de los campesinos a lo que es el cambio, y que en cualquier caso sería necesario mucho tiempo para lograr la aceptación general de las nuevas formas de cultivo y de distribución.
Como siempre, Kropotkin veía las cosas como él hubiera deseado que fueran y como todos esperamos que serán algun día,  él consideraba como existente o inmediatamente realizable lo que debe ser ganado a través de una larga y cruenta lucha.
* * *
En el fondo Kropotkin concebia a la naturaleza como una especie de Providencia, gracias a la cual tenía que haber armonía en todas las cosas, incluidas las sociedades humanas. Y esto ha llevado a muchos anarquistas a repetir que “La anarquía es el orden natural”, una frase con un sabor exquisitamente kropotkiano.
Si bien es cierto que la ley de la naturaleza es la armonía, yo sugiero que uno tendría derecho a preguntarse por qué la naturaleza ha esperado por los anarquistas para nacer, y continúa esperandolos para triunfar, con el fin de destruir los terribles y destructivos conflictos que la humanidad ya ha sufrido.
¿No sería más cercano a la verdad decir que la anarquía es la lucha, en la sociedad humana, contra las disonancias de la Naturaleza?
He hecho hincapié en los dos errores que, en mi opinión, Kropotkin ha cometido- su teoría del fatalismo y su excesivo optimismo- porque creo haber observado los resultados perjudiciales que han producido en nuestro movimiento.
Hubo compañeros que tomaron la teoría fatalista-que eufemísticamente denomianron determinismo- en serio y como resultado perdió todo espíritu revolucionario. La revolución, dijeron, no se ha hecho, sino que vendrá cuando el tiempo este maduro para ello, y es inútil, no-científico, e incluso ridículo tratar de provocarla. Y armados con tales razones de peso, se retiraron de la circulación y se ocuparon de sus propios negocios. Pero sería un error creer que se trataba de una excusa para retirarse de la lucha. He conocido a muchos compañeros de gran coraje y valor, que se han expuesto a grandes peligros y que han sacrificado su libertad e incluso su vida en nombre de la anarquía, mientras estaban convencidos de la inutilidad de sus acciones. Han actuado por repugnancia  hacia la sociedad actual, con animo de venganza, por desesperación, o por el amor al  gran gesto, pero sin pensar en servir a la causa de la revolución, y por consiguiente sin seleccionar el objetivo y el momento oportuno, o sin preocuparse de coordinar su acción con la de otros.
Por otro lado, aquellos que sin preocuparse por la filosofía han querido trabajar por y para la revolución, han imaginado los problemas como mucho más simples de lo que son en realidad, sin preveer las dificultades, y prepararse para ellas … y debido a esto nos hemos visto impotentes, incluso cuando hubo oportunidad de una acción eficaz.
Que los errores del pasado sirvan para enseñarnos a hacerlo mejor en el futuro.
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He dicho lo que tenía que decir.
No creo que mis criticas hacia él puedan disminuir a Kropotkin, la persona, que sigue siendo, a pesar de todo, una de las luces brillantes de nuestro movimiento.
Si son justas, servirán para demostrar que nadie está libre de errores, ni siquiera cuando está dotado de la inteligencia y el corazón generoso de un Kropotkin.
En cualquier caso, los anarquistas, siempre encontrarán en sus escritos un tesoro de ideas fértiles y en su vida un ejemplo y un incentivo en la lucha por todo lo que es bueno.

Errico Malatesta - “Más reflexiones sobre la cuestión de la delincuencia: respuesta a Venturini”



Publicado en Umanita Nova, n134, 16 de Setiembre de 1921

Bologna, Septiembre 8, 1921
Querido Malatesta:
He leído con gran interés sus dos artículos, recientemente aparecidos en “N.U”, sobre el importante problema que siempre vale la pena debatir: la delincuencia.
No cabe duda que sus argumentos en apoyo de la solucion que nosotros los anarquistas damos a la cuestión son indiscutiblemente claros y efectivos. Sin embargo, permítaseme insistir en algunas de sus ideas, que resuelven algunos aspectos del problema, pero lo hacen de una manera demasiado general y abstracto o demasiado particular.

Por ejemplo, usted dice: “Para nosotros el cumplimiento de los derechos sociales debe ser voluntaria, y uno tiene derecho a tomar medidas coercitivas solo contra quienes ofenden a otros voluntarios y se convierten en un obstáculo para la coexistencia social pacífica. La fuerza y la coacción física sólo pueden ser usadas contra un empuje materialmente violento, por pura necesidad de defensa “.

Yendo por la segunda parte de su razonamiento, casi pareceria que sólo ” un empuje materialmente violento ” constituye una violación del principio de justicia que será fundamental en la futura sociedad.

¿Por qué la fuerza y la coacción física, aunque limitadas, e inspiradas por la idea de una gran necesidad de defensa, no deben ser utilizadas también en aquellos casos (por desgracia, estos seran los aspectos de la moral criminal en el nuevo entorno social), en la que un grave daño puede ser causado a un prójimo, sin el ejercicio de un acto “materialmente violento”?

¿No es el acto de ejercer la violencia material sobre una persona, privar a él de alguna pertenencia, equivalente con el tener exito en el mismo robo sin usar violencia alguna?

Por otra parte, ¿cuál es la diferencia entre, por ejemplo, alguien que mata violentamente a un projimo y alguien que le conduce a morir mediante la persuasión criminal y disimulada?

El anterior es sólo un ejemplo, esto no quiere decir que existan cientos de casos que podrian ser mencionados en que el delito, el daño a la vida de alguien más, pueda suceder sin ejercicio material de la violencia.

Por otro lado, hay una violencia buena y una violencia mala. Por lo tanto, la injusticia no reside tanto en el acto exterior que se lleva a cabo, como en el hecho de que alguien tiene que sufrir  por alguien más malo que el.

Sobre este asunto dice usted: ” Nosotros no vemos ninguna otra solución que dejar las decisiones en manos de los interesados, en las manos del pueblo, es decir, la masa de los ciudadanos, que actúaran de manera diferente según las circunstancias y sus variables grados de civilización “

Sin embargo, decir «las personas» generaliza demasiado la cuestion, de ahi que, por lo tanto, la pregunta sigue sin resolverse.

Este tipo de razonamiento parece repetir el error de Kropotkin, según el cual se supone que la gente debe hacerlo todo, y para él cual el pueblo es sólo una multitud genérica.

Saverio Merlino criticó muy bien este y otros errores en la idea de Kropotkin de anarquismo; y, discutiendo con usted, él ofrece la solución siguiente a el problema tan relevante de la defensa social en su libro ” la Utopía Colectivista “: ” “Entre el sistema actual y el supuesto de que la delincuencia debe cesar, creo que hay lugar para formas intermedias de defensa social que difieren de la función del gobierno. Tal defensa social sería ejercida bajo los ojos de la gente y el control en cada lugar, como cualquier otro servicio público, como la salud, el transporte, etc. y por lo tanto no podría degenerar en un instrumento de opresión y dominación “.

¿Por qué deberíamos nosotros anarquistas no alcanzar este concepto? Queremos suprimir la maquinaria presente de justicia supuesta, con todos sus aspectos dolorosos e inhumanos, pero no queremos sustituirlo por la libertad individual o por el juicio sumario de la muchedumbre. El sentido de justicia en los hombres tiene que ser mejorado, y las formas de expresión y defensa tienen que ser resueltas.

He planteado estas modestas objeciones sobre todo para ofrecerle la oportunidad de volver a un tema tan importante que necesita ser discutido.

Considere siempre mis cariños.
Aldo Venturini.

La crítica de nuestro amigo Venturini tiene toda la razón: sin embargo, le indico a él que sólo expresé algunas ideas sobre la compelja cuestion del crimen sin la intención de ofrecer una solución válida para todos los casos posibles.

Creo que todos los que se pueda decir y hacer para luchar contra la delincuencia sólo puede tener un valor relativo, dependiendo de la época, los lugares y, sobre todo, el grado de desarrollo moral del ambiente cuando los hechos tengan lugar. El problema de la delincuencia sólo encontrara una solucion final y completa cuando… el delito ya no exista.
Yo se que usualmente nosotros nos culpamos mutuamente por la vaguedad e incertidumbre de nuestras propuestas para resolver el más doloroso problema social. Y sé que los anarquistas, unánimemente en la crítica destructiva de la moral actual y las instituciones, se reparten en las más diversas escuelas y tendencias, tan pronto como se viene a tratar el problema de la reconstrucción y la vida práctica en la sociedad futura.
Sin embargo, esto, personalmente, no me parece un mal; al contrario, me parece el principal mérito que caracteriza al anarquismo, que no piensa fijando las avenidas del futuro de antemano, sino más bien intenta garantizar simplemente las condiciones de la libertad necesarias para la evolución social para asegurar finalmente el bienestar máximo y el desarrollo material máximo, espiritual e intelectual para todo.
Los autoritarios, las reglas, creen tener una fórmula infalible, o pretenden tenerla, y tienen  la intencion de establecer e imponer la ley. Sin embargo, toda la historia muestra que el uso sólo de la ley es defender, fortalecer y perpetuar los intereses y los perjuicios prevalecen al tiempo que la ley es creada, así forzando a la humanidad a moverse de revolución en revolución, de violencia en violencia.
Al contrario, nosotros no nos jactamos creyendo que poseemos la verdad absoluta; nosotros creemos que la verdad social no es una cantidad fija, el bien para siempre, universalmente aplicable, o determinable por adelantado, pero que en su lugar, una vez la libertad ha sido asegurada, la humanidad avanza hallando y creando gradualmente con el menor numero de revueltas y con un mínimo de fricción. Así nuestras soluciones siempre dejan la puerta abierta para diferentes y, uno espera, mejores soluciones.
Es verdadero que en la realidad uno tiene que tomar una acción específica, y no puede vivir sin hacer nada en particular, siempre esperando algo mejor. Sin embargo, hoy podemos ir tras de un unico ideal, aún sabiendo que los ideales no son los únicos factores de la historia. En vida, además de la fuerza de dibujar ideales, existen las condiciones, hábitos, contrastes materiales del interés y, en una palabra, los innumerables artículos de primera necesidad a los que uno tiene que someterse, en la conducta diaria. En la práctica, uno hace lo que uno puede: en todo caso, los anarquistas deben pegarse a la misión de ejercer presión hacia su ideal, e impedir, o esforzarse para impedir, que los defectos inevitables y las injusticias posibles sean sancionados por la ley y perpetúados por las fuerzas del estado, es decir la fuerza de todos situado a las órdenes de algunos.
De cualquier modo, dejenos regresar al tema del crimen.
Como Venturini correctamente señala, existen peores vías de ofender a la justicia y la libertad que los cometidos mediante la violencia material, contra los cuales el recurso de la coaccion física se puede tornar necesario y urgente. Por lo tanto estoy de acuerdo en que el principio que he planteado, es decir, que uno tiene derecho a recurrir a la fuerza material sólo contra aquellos que quieran violar el derecho de alguna otra persona por la fuerza material, no cubre todos los casos posibles y no se pueda fijar como absoluto. Tal vez vendríamos a cerrar una fórmula más comprensiva afirmando el derecho a la defensa propia forzada contra la violencia física así como contra el equivalente en forma y consecuencias a la violencia física.
Estamos entrando en un analisis caso por caso que, sin embargo,  requiere un estudio de diferentes sucesos, que a su vez llevaria a mil soluciones diferentes, sin tocar el punto principall, es decirc ¿quién juzgara y quien llevara a cabo los juicios?
Yo ha reclamado la necesidad de dejar las decisiones en las manos de los interesados, en las manos de las personas, es decir la masa de los ciudadanos, etc.
Venturini señala que ‘las personas” es una expresión demasiado genérica, y yo estoy de acuerdo con el. Estoy lejos de ser el admirador de “el pueblo” como Kropotkine hizo. Aunque, por otra parte, él fijó a la multitud con el nombre de ‘pueblo” sólo cuando se comportaron de la manera que a el le gusto. Sé que las personas son capaces de algo: feroz hoy, generoso mañana, socialista un día, fascista otro día, en un momento alzandose contra los sacerdotes y la inquisición, en otra ocasión velando la estaca de Giordano Bruno predicando y aplaudiendo, en un momento listo para cada sacrificio y heroísmo, en algún otro momento sujeto a la peor influencia del miedo y la codicia. ¿Qué se puede hacer sobre esto? Uno tiene que trabajar con el material disponible, y tratar de crear una ventaja con ello.
Como Venturini, yo no desee la libertad individual o el juicio sumario de la multitud; sin embargo, yo no pude aceptar la solución propuesta por Merlino, que quiere organizar la defensa social contra criminales como cualquier otro servicio público, como la salud, el transporte, etc., porque yo temo la formación de un cuerpo de personas armadas, que adquieran todos los defectos y todos los peligros presentes de un cuerpo de policía.
En aras de un servicio, es decir de el público, es útil que los ferroviarios, por ejemplo, se especializen en su trabajo, los médicos y maestros se dediquen totalmente a su arte; sin embargo, es peligroso y corruptor, aunque técnicamente ventajoso tal vez, permitir a alguien ser una policía o un juez por profesión.
Todos debería cuidar de la defensa social, del mismo modo en que todos ayudan rápidamente cuando las calamidades públicas ocurren.
Para mi un policía es peor que un criminal, al menos que un criminal común menor; un policía es más peligroso y dañino a la sociedad. Sin embargo, si las personas no se sienten suficientemente protegidas por el público, indudablemente requeriran inmediatamente la policía. Por lo tanto, la única vía de impedir la existencia de la policía es hacerla inútil reemplazandole en esas funciones que constituyen una protección real para el público.
Concluyo con las palabras de Venturini: “El sentido de la justicia de los hombres necesita ser mejorado, y las formas de expresar y defender que ellos poseen necesitan ser trabajadas”.

Errico Malatesta - "Los Anarquistas han olvidado sus principios"


Publicado en FREEDOM, noviembre de 1914
Bajo el riesgo de pasar por simplón, confieso que nunca habría creído posible que los socialistas—incluso los socialdemocratas—vayan a apaudir y hacerse participes voluntarios, ya sea del lado de los alemanos o de los aliados, en una guerra como la que en la actualidad está devastando Europa. ¿Pero qué se puede decir cuando lo mismo es hecho por anarquistas, no en gran cantidad, es verdad, pero entre ellos muchos camaradas a quién ame y respete?
Se dice que la situación presente muestra la bancarrota de “nuestras formulas”—es decir,de nuestro principios—y que será necesario revisarles.
Hablando en términos generales, cada  fórmula debe ser revisada siempre que ella se muestra insuficiente al ponerse en contacto con el hecho; pero no es el caso de estos días, cuando la bancarrota no es derivada de la deficiencia de nuestras fórmulas, sino del hecho de que éstas han sido olvidadas y son traicionadas.
Retornemos a nuestros principios.
No soy un “pacifista”. Yo lucho, como todos lo hacemos, por el triunfo de la paz y de la fraternidad entre todos los seres humanos; pero sé que el deseo de detener la batalla puede ser cumplido sólo cuando ambos lados lo quieran, y que mientras se encuentren hombres que quieran violar las libertades de los demas, corresponde a estos otros defenderse si no desean ser eternamente golpeados; y sé también que atacar es a menudo el mejor, o el unico, medio efectivo de defenderse. Además, pienso que el oprimido está en un estado de defensa propia legítima, y tiene siempre el derecho de atacar los opresores. Yo admito, por lo tanto, que existen guerras que son necesarias, las guerras santas: y éstas son las guerras de liberación -tal como es generalmente la “guerra civil”-es decir, las revoluciones.
Pero, ¿qué tiene la actual guerra en común con la emancipación humana, que es nuestra causa?
Hoy en dia es comun ver a los socialistas en la cuspide, al igual que cualquier burgués, de Francia o Alemania, y que algun político u aglomeración nacional—resultado de las luchas historicas—como una unidad etnográfica homógena, cada uno con sus intereses, aspiraciones, y misiones, en oposición a los intereses, aspiraciones y  misiónes de las unidades rivales. Esto puede ser relativamente cierto, mientras el oprimido, y principalmente los trabajadores, no tengan ninguna conciencia, no logren reconocer la injusticia de sus opresores. Allí está, entonces, la clase dominante que es la unica que cuenta; y que, debido a su deseo de conservar y ampliar su poder, y en víspera de sus perjuicios y sus propias ideas, puede encontrar conveniente excitar las ambiciones raciales y el odio, y enviar a su nación, su rebaño, contra los “extranjeros” , con el propósito de soltarles de sus opresores presentes, y sometiendoles a su propia dominación económica y política.
Pero la misión de aquellos que, nosotros creemos, desean el fin de toda opresión y de toda explotación del hombre por el hombre, deberia ser la de despertar el conocimiento del antagonismo de intereses entre dominadores y dominados, entre explotadores y trabajadores, y desarrollar la lucha de clases adentro de cada país, y la solidaridad entre todos los trabajadores a través de las fronteras, en contraste con cada perjuicio y cada pasión que tenga que ver con la raza o la nacionalidad.
Y esto es lo que siempre hemos hecho. Siempre hemos predicado que los trabajadores de todos los paises sean hermanos, y que el enemigo—el “extranjero”—es el explotador, ya sea nacido cerca nuestro o en  algun otro pais lejano, ya sea que hable nuestro mismo idioma o cualquier otro. Siempre hemos escogido nuestros amigos, nuestros compañeros de armas, así como nuestros enemigos, debido a las ideas que profesan y de la posición que ocupan en la lucha social, y nunca por razones de raza o nacionalidad. Nosotros siempre hemos luchado contra el patriotismo, que es una supervivencia del pasado, y sirve a los interéses de los opresores; y  nos enorgullezemos de ser internacionalistas, no solo de palabra, sino por los sentimientos profundos de nuestras almas.
Y ahora las más atroces consecuencias de la dominacion capitalista y de estado deben indicar, aún a los ciegos, que nosotros tuvimos razón, la mayor parte de los socialistas y muchos anarquistas en los paises beligerantes se asocian con los gobiernos y la burguesía de sus respectivos paises, olvidando el socialismo, la lucha de clases, la fraternidad internacional, y el resto.
Vaya ruina!
Es posible que los acontecimientos presentes pueden estar mostrando que los sentimientos nacionales estan más vivos, mientras que los sentimientos del hermanazgo internacional estan menos arraigados de lo que pensabamos; pero esta deberia ser una razon mas para intensificar, no abandonar, nuestra propaganda antipatriótica. Estos acontecimientos también muestran que en Francia, por ejemplo, el sentimiento religioso es más fuerte, y los sacerdotes tienen una mayor influencia de la que imaginamos. ¿Esta es una razón para nuestra conversión a la religión catolica?
Entiendo  que existen circunstancias que pueden levantarse a causa de que la ayuda de todos es necesaria para el bienestar general: tales como una epidemia, un terremoto, una invasión de los bárbaros, que maten y destruyan todo lo que este bajo sus manos. En tal caso la lucha de clases y las diferencias en la posición social deben ser olvidadas, y se debe hacer causa común contra el peligro común; pero a condición de que estas diferencias se olviden de ambas partes. Si alguna persona está en la prisión durante un terremoto, y existe el peligro de ser aplastado por la muerte, es nuestro deber el salvar a todos, incluso a los carceleros—a causa de que estos comenzaran por abrir las puertas de la prision. Pero siendo el deber de  los carceleros tomar todas las precauciones para la custodia segura de los presos durante y después de la catástrofe, es entonces el deber de los presos hacia si mismo tanto como hacia sus camaradas en cautiverio el dejar a los carceleros a sus contratiempos encontrando la ocasion para beneficiarse a si mismo.
Si, cuando los soldados extranjeros invaden el suelo sagrado de la patria, la clase privilegiada renuncia a sus privilegios, y actúa de modo que la “Patria” realmente se convierta en propiedad común de todos los habitantes, seria justo entonces que todos luchemos contra los invasores. Pero si los reyes deseen seguir siendo reyes, los propietarios continuan cuidando de sus tierras y de sus casas, y los comerciantes desean hacerse cargo de sus mercancías, e incuso los venden a un precio más alto, entonces los trabajadores, los socialistas y anarquistas, deban dejarlos a su suerte, sin dejar de buscar una oportunidad para librarse de los opresores dentro del país, así como de aquellos que vienen del exterior.
En todas las circunstancias, es el deber de los socialistas, y especialmente de los anarquistas, el hacer todo lo posible para debilitar a el estado y a la clase capitalista, y el  tomar como la única guía para su conducta los intereses del socialismo; o bien, si son materialmente impotentes para actuar eficazmente para su causa propia, al menos deben intentar rehusar cualquiera ayuda voluntaria a la causa del enemigo, y hacerse a un lado para salvar al menos sus principios—lo que significa salvar el futuro.
* * *
Todo lo que acabo de decir cuenta unicamente como teoría, y tal vez es aceptado, como tal, por la mayor parte quienes, en la práctica, hacen lo contrario. ¿Cómo, entonces, podria ser aplicado en la situación actual? ¿Qué debemos hacer, que debemos desear, en los intereses de nuestra causa?
Se dice, en este lado del Rin, que la victoria de los aliados sería el fin del militarismo, el triunfo de la civilización, la justicia internacional, etc. Lo mismo se dice del otro lado de la frontera sobre una posible victoria alemana.
Personalmente, juzgando en su justo valor al “perro demente” de Berlin y al “viejo verdugo” de Viena, no tengo mayor confianza en el sangriento zar, ni en los diplomáticos ingleses que oprimen a la India, que traicionaron Persia, que aplasto a las repúblicas de los bóers; ni en la burguesía francésa, que asesino a los nativos de Marruecos; ni en Bélgica, que ha permitido las atrocidades del Congo y se ha beneficiado en gran medida con ellas- y yo solo recuerdo algunas de sus fechorías, tomadas al azar, por no mencionar lo que todos los gobiernos y toda clase capitalista hacen contra los trabajadores y los rebeldes en sus propios paises.
En mi opinión, la victoria de Alemania desde luego significaría el triunfo de militarismo y de la reacción; pero el triunfo de los aliados significaría la dominacion  Ruso- inglésa (es decir, knouto[1]-capitalista) de Europa y  Asia, el reclutamiento y el desarrollo del espíritu militarista en Inglaterra, y una reacción clerical y tal vez monárquica en Francia.
Además, en mi opinión, es más probable que no exista victoria alguna definida en uno u otro lado. Después de una larga guerra, una pérdida enorme de vidas y de riqueza, ambos lados quedaran agotados y cierta paz será arreglada, dejando abiertas todas las cuestiones, preparando asi una nueva guerra más asesina que la del presente.
La única esperanza es la revolución; y como pienso que es la derrota de Alemania la que  muy probablemente hara, por causa del estado presente de cosas, que la revolución estalle, es por esta razon—y solo por ella—que deseo la derrota de Alemania.
Se me permitira, por supuesto, el estar equivocado al apreciar la situación verdadera. Pero lo que parece ser elemental y fundamental para todos los socialistas (anarquistas, u otros) es que es necesario mantenerse fuera de cualquier  tipo de compromiso con los gobiernos y las clases gobernantes, para ser capazes de beneficiarse con cada oportunidad que puede surgir, y, en todo caso, para ser capazes de reiniciar y continuar nuestras preparaciones y propaganda revolucionarias.
E. MALATESTA


[1] Un knout es un gran flagelo con  múltiples látigos, normalmente hecho de un racimo de correas de cuero anexas a un mango largo, a veces con ganchos de alambre o de metal incorporados.
Algunos afirman que fue una invención tartara y se introdujo en Rusia en el Siglo XV, quizá por Gran Duque Ivan III el excelente (1462-1505)

Errico Malatesta - "Nuestro Programa"


Este texto es el programa que tomo la Unione Anarchica Italiana como propio en su congreso de Bologna. El texto fue redactado por Errico Malatesta recuperando y utilizando como base otro texto suyo: “Nuestro Programa”, texto que en chile también fue difundido a principios del siglo XX. Recomendamos este texto, para rescatar el trabajo de los militantes anarquistas de comienzos del siglo pasado y como un referente programático a tomar en cuenta por quienes se interesan o ven como suyo los objetivos anarco-comunistas.
Ediciones Voz Negra

 Traducción: José Prat. Editorial Libertad, Santiago. Digitalización: KCL


NUESTRO PROGRAMA

Nada nuevo podemos decir.

La propaganda no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos principios que deben servirnos de guía en la conducta que debemos seguir en las varias contingencias de la vida.

Repetiremos, pues, con palabras más o menos diferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista revolucionario.

Nosotros creemos que la mayor parte de los males que afligen a los hombres dependen de la mala organización social, y que los hombres, queriendo y sabiendo, pueden destruirlos.

La sociedad actual es el resultado de las luchas seculares libradas por los hombres. No comprendo las ventajas que podrían sacar de la cooperación y de la solidaridad, viendo en los demás hombres (excepto los más vecinos por los vínculos de la sangre) un competidor y un enemigo, han procurado acaparar, cada uno para sí, la mayor cantidad posible de disfrutes sin preocuparse del interés de los demás.

Dada esta lucha, naturalmente debían salir vencedores los más fuertes o los más afortunados, sometiendo y oprimiendo a los vencidos en modos diversos.

Mientras el hombre no fue capaz de producir sino lo que necesitaba para su sostén, los vencedores no podían hacer otra cosa que matar al vencido y apoderarse de los alimentos por éste cosechados.

Más tare, cuando con el descubrimiento del pastoreo y de la agricultura un hombre pudo ya producir más de loa que necesitaba para vivir, los vencedores encontraron más ventajoso reducir los vencidos a esclavitud y hacerles producir para sus dueños.

Más tarde aún, los vencedores se dieron cuenta de que era más cómodo, más productivo y más seguro explotar el trabajo ajeno con otros sistema: retener la propiedad exclusiva de la tierra y de todos los medios de trabajo y dejar nominalmente libres a los despojados, los cuales, no teniendo ya medios con que vivir, venían obligados a recurrir a los propietarios y a trabajar por éstos en las condiciones que éstos querían.

De este modo, poquito a poco, a través de toda una red complicadísima de luchas de todo género, invasiones, guerras, rebeliones, represiones, concesiones arrancadas, asociaciones de vencidos unidos para la defensa y de vencedores unidos para la ofensa, se ha llega al estado actual de la sociedad, en la cual unos cuantos detienen hereditariamente la tierra y toda la riqueza social, mientras la gran masa de los hombres, desheredada de todo, se ve explotada y oprimida por unos pocos propietarios.

De este estado de cosas depende el estado de miseria en que generalmente se encuentran los trabajadores y además todos, todos los males que de la miseria derivan: ignorancia, delitos, prostitución, miseria física, abyección moral y muertes prematuras. De este modo depende la constitución de una clase especial (el gobierno), la cual, provista de medios materiales de represión, tiene la misión de legalizar y defender a los propietarios contra las reivindicaciones de los proletarios, sirviéndose, además, de esta fuerza, para crearse a sí misma ciertos privilegios y para someterse, cuando puede, hasta la misma clase propietaria. De esto depende la constitución de otra clase especial (el clero), la cual, con una serie de fábulas sobre la voluntad de dios, sobre la vida futura, etc., procura persuadir a los oprimidos a que soporten dócilmente al opresor, y como el gobierno, al propio tiempo que trabaja por el interés de los propietarios, trabaja también por sus propios intereses. De esto depende la formación de una ciencia oficial que es, en todo aquello que puede servir los intereses de los dominadores, la negación de la verdadera ciencia. De esto depende el espíritu patriótico, los odios de raza, las guerras y la paz armada, más desastrosa que las mismas guerras. De esto depende el amor transformado en tormento o en mercado vil. De esto depende el odio más o menos intenso, la rivalidad, la desconfianza entre los hombres, la incertidumbre y el miedo para todos.

Y este estado de cosas es lo que nosotros queremos cambiar radicalmente. Y puesto que todos estos males derivan de la lucha entre los hombres, de esta busca del bienestar individual efectuada por cuenta propia y contra todo, queremos remediarlo sustituyendo el amor al odio, la solidaridad a la competencia, la cooperación fraternal para bienestar de todos a la busca exclusiva del propio bienestar, la libertad a la opresión y a la imposición, y la verdad a la mentira religiosa y pseudos-científica.

Por consiguiente:

1º.   Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las primeras materias y de los instrumentos de trabajo, a fin de que nadie pueda tener modo de vivir explotando el trabajo ajeno, y teniendo todos los hombres garantizados los medios de producir y vivir, puedan ser verdaderamente independientes y puedan asociarse a los demás libremente en vista del interés común y conforme a las propias simpatías.

2º.   Abolición del gobierno y de todo poder que haga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de las policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos.

3º.   Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas a tenor de la voluntad de los componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, vencido el hombre por el sentimiento de la misma necesidad inevitable, voluntariamente se somete.

4º.   Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los niños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.

5º.   Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos hasta en su más elevado grado.

6º.   Guerra al patriotismo. Abolición de las fronteras, fraternización de todos los pueblos.

7º.   Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vínculo legal de toda opresión económica o física, de todo prejuicio religioso.

Este es nuestro ideal.
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Hemos expuesto a grandes rasgos cuál es la finalidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos.

Pero no basta con desear una cosa. Si verdaderamente se quiere obtenerla es necesario emplear los medios adecuados a su conseguimiento. Y estos medios no son arbitrarios: derivan, necesariamente, del fin a que se tiende y de las circunstancias en que se lucha; de modo que si nos engañamos en la elección de los medios no llegaremos a los fines que nos propongamos, sino a otro fin, tal vez muy opuesto, que será consecuencia natural, necesaria, de los medios que hayamos empleado. El que se pone en camino y lo equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorrió.

Es necesario, pues, que digamos cuáles son los medios que según nosotros conducen al fin que nos proponemos y que nosotros queremos emplear.

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo conseguimiento depende del individuo considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre los hombres relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo individuo, ni para los miembros de una dada clase o partido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la consciencia iluminada de cada uno y actuarse mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persuadir a la gente.

Es necesario que nosotros llamemos la atención de los hombres sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscitemos en cada uno la simpatía para con los ajenos males y el vivo deseo del bien de todos.

Al que tenga hambre y frío le enseñaremos cómo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. Al oprimido y vilipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le enseñaremos el camino para alcanzar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón.

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión contra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la voluntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convencimientos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Hemos dicho ya que sería absurdo y en contradicción con nuestro objetivo querer imponer la libertad, el amor entre los hombres, el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuerza. Es necesario, pues, contar con la libre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provocar la formación y la manifestación de dicha voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objeto admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra voluntad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad, por consiguiente, para todos de propagar y experimentar las propias ideas, sin otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos.

Pero a esto se oponen -y se oponen con la fuerza brutal- los que se benefician con los actuales privilegios y dominan y reglamentan la vida social presente.

Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no tan sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre.

Tienen a su disposición la policía, la magistratura y los ejércitos creados expresamente para defender sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen sometidos.

Dejando a un lado la experiencia histórica (la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza material para defenderse, no ya contra la expropiación total, sino contra las más pequeñas pretensiones populares, y que están siempre dispuestos a las más atroces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.
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De cuanto hemos dicho resulta que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen  o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y poniendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos gobiernos a imponernos su voluntad y a dificultar la reorganización social hecho directamente por los interesados.
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Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer.

Tenemos que habérnoslas con hombres de la actual sociedad, hombres que están en condiciones morales y materiales pésimas, y nos engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es necesario para la actuación de nuestros ideales.

Entre el hombre el ambiente social hay una acción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal como ésta es, y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vicioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad.

La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad. La esclavitud educa a los hombres para esclavos, y para libertarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La ignorancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan como remediarlos, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse.

El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?

Afortunadamente la sociedad actual no ha sido formada por la voluntad esclarecida de una clase dominante que haya podido reducir todos los dominados a instrumentos pasivos e inconscientes de sus intereses. Esta sociedad es el resultado de mil luchas intestinas, de mil factores naturales y humanos agentes casuales sin criterios directivos, y por consiguiente no hay divisiones netas ni entre los hombres ni entre las clases.

Infinitas son las variedades de condiciones materiales; infinitos los grados de desarrollo moral e intelectual; y no siempre -diremos casi muy raramente- el puesto que uno ocupa en la sociedad corresponde a sus aspiraciones. Muy a menudo los hombres caen en condiciones inferiores a las que están habituados, y otros, por circunstancias excepcionalmente favorables, consiguen elevarse a condiciones superiores a aquellas en que nacieron. Una parte notable del proletariado ha logrado ya salir del estado de miseria absoluta, embrutecedora, o no ha podido nunca reducírsele a ella; ningún trabajador, o casi ninguno, se encuentra en el estado de inconsciencia completa, de completa adaptación a las condiciones que quisieran los patronos. Y las mismas instituciones, tales como las ha producido la historia, contienen contradicciones orgánicas que son como gérmenes de muerte, los que al desarrollarse producen  la disolución de la institución y la necesidad de la transformación.

De aquí la posibilidad del progreso; pero no la posibilidad de llevar, por medio de la propaganda, todos los hombres al nivel necesario para que quieran y actúen la anarquía, sin una anterior gradual transformación del ambiente.

El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibilidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debemos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de los hombres para introducirles a reclamar e imponer aquellas mayores transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.

Nosotros no debemos esperar a actuar la anarquía limitándonos a la simple propaganda. Si así hiciéramos habríamos agotado pronto el campo de acción; habríamos convertido a todos aquellos que en el ambiente actual son susceptibles de comprender y aceptar nuestras ideas, y nuestra ulterior propaganda quedaría estéril; o si de las transformaciones de ambiente surgieran nuevos estratos populares a la posibilidad de recibir nuevas ideas, sucedería esto sin la obra nuestra, tal vez contra nuestra obra, y por lo tanto acaso en perjuicio de nuestras ideas.

Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, actúe por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nuestro programa y luchando siempre en pro de su actuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.
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La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias al acaparamiento de todos los grandes medios de producción y de cambio.

Para suprimir radicalmente y sin peligro de retorno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los medios de producción, y que actúe este derecho suyo primordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos.

¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta expropiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermediarios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común?

La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que no les expropia.

¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación?

Nuestro deber está en preparar el pueblo moral y materialmente para esta necesaria expropiación e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudida revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo definitivo. ¿Pero cómo prepararemos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no sólo el hecho material de la expropiación, sino la utilización, a beneficio de todos, de la riqueza común?

Hemos dicho anteriormente que la sola propaganda, hablada o escrita, es impotente para conquistar a nuestras ideas toda la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto causa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos y solidarios, para conseguir lo que desean.

Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos impulsarles y estimularles a la lucha y luchar con ellos.

¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de la futura emancipación integral de los trabajadores?

Sean los que sean los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aún emanciparse sino uniéndose y haciéndose más fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispondrán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan y sentirán en seguida mayores deseos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión de una energía mayor, y comprenderán al fin que para vencer con seguridad y definitivamente es necesario destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchan por sus intereses.

¿Pero es posible, preguntarnos otra vez, que los trabajadores logren, dentro del actual estado de cosas, mejorar realmente sus condiciones?

Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias.

A pesar de lo que sostienen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el producto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede descender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrono. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibirían ya salario, en el segundo caso los patronos cesarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condiciones casi animalescas de gran parte de los trabajadores agrícolas hasta aquellas casi decentes de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades.

El salario, la duración de la jornada de trabajo y las demás condiciones de trabajo son el resultado de la lucha entre patronos y obreros. Aquéllos procuran dar a éstos lo menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían procurar, trabajar lo menos posible y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a los patronos, prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalescas; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos y saben unirse y mediante la huelga y la amenaza latente o explícita de rebelión imponen respeto a los patronos, éstos les tratan de modo relativamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.

Luchando, resistiendo contra los patronos, pueden, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que sus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demostrado ya esta verdad.

Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obreros y patronos sobre el terreno exclusivamente económico. Los patronos pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgicamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrono, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patronos llamarán al gobierno en su auxilio y procurará obligar por medio de la violencia a los obreros a permanecer en sus posiciones de esclavos asalariados.

Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es difícil de obtener, y a la unión de los operarios se opone la unión de los patronos. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, mientras que los patronos disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inútil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército de los sin-trabajo que el hambre obliga a venderse a cualquiera condición. La inmigración aporta en seguida, en aquellos países donde los trabajadores viven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patronos modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente el sistema capitalista, consiguiera contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápidamente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues para los obreros que intentan emanciparse, o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la necesidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con la fuerza brutal, constituye una barrera al progreso, barrera que debe derribarse con la fuerza de no querer permanecer indefinidamente en el estado actual o peor.

De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponer a los millones de los capitalistas los escasos céntimos ahorrados con privaciones mil por los obreros, se hace preciso oponer a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza.
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Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno.

Gobierno es el conjunto de aquellos individuos que detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.

Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.

Equivocadamente se dice que el gobierno desempeña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedara destruido y se dejara subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, puesto que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase de las protecciones legales y materiales que del gobierno recibe.

Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.

Pero en este como en todos los hechos de interés general y en éste más que en cualquier otro, se necesita el consentimiento de la generalidad, y por esto debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y dañoso y que se puede vivir mejor sin gobierno.

Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros quisiéramos limitarnos a predicar contra el gobierno esperando pasivamente el día en que el público esté convencido de la posibilidad y utilidad de abolir por completo toda clase de gobierno, este día no vendrá nunca.

Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en la lucha se aprende a luchar y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriéndola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser gobierno.

Puesto que el gobierno tiene hoy poder para reglamentar, mediante las leyes, la visa social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agitación de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo que pretendamos. Jamás debemos aceptar una función legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa.
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La lucha con el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiera y la ley no sería ya ley, sino una simple proposición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de oponerle.

Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección.

Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesidades populares; cuando la protesta se hace vida, insistente y amenazadora, el gobierno, según sea más o menos clarividente, cede o recurre a la opresión. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento.

Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y materialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.
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La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sacudido ya el yugo, queda libre de darse a sí mismo aquellas instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley, siempre en retardo, o el grado de civilización a que llegó la masa de la población, se cruza de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas latentes acumuladas durante la precedente evolución.

Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de querer.

En las pasadas insurrecciones el pueblo, inconsciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió.

¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrección?

Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar.

Debemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante asociaciones libremente constituidas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar a reconocer un gobierno cualquiera, o un cuerpo cualquiera que pretenda el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.

Y si la masa del pueblo no responde a nuestro llamamiento, deberemos -en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran continuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo- actuar cuanto podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan acogido simpáticamente rechacen toda ingerencia gubernamental y se obstinen a vivir como les plazca.

Y deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los trabajadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarle.

Y suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el gobierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política y moral de toda la humanidad.

Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el dominio y la explotación del hombre por el hombre, queremos que los hombres, hermanados por una solidaridad consciente y querida, cooperen todos voluntariamente en el bienestar de todos; queremos que la sociedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor y ciencia.

Y para conseguir este fin supremo creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres, pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad, ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuerza de la razón y del ejemplo. Por consiguiente: expropiación de los detentadores del suelo y del capital a beneficio de todos y abolición del gobierno. E interinamente esto no se haga, propaganda del ideal; organización de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta, según las circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar toda la libertad y todo el bienestar que se pueda.




LAS DOS TENDENCIAS



¿LIBERTAD O ESCLAVITUD?


No pueden durar perpetuamente las condiciones actuales de la sociedad. Sobre esto convienen todos, por lo menos todos aquéllos que piensan.

Cuando se cree que los sufrimientos son un castigo o una prueba que nos impone Dios, y que en otro mundo, después de muertos, se nos pagará con creces todos los males que en éste soportamos, la cosa puede ir tirando, se puede aguantar el mal.

Pero esta fe, que jamás ha sido, por lo demás, bastante eficaz, puesto que nunca impidió que la gente se preocupara de sus intereses terrenales, ha disminuido grandemente, y pronto se extinguirá del todo. Los mismos curas, que intentan salvar la religión y salvarse ellos salvándola, se ven obligados a darse aires de querer resolver la cuestión social y atenuar los males del proletariado.

Tan pronto como los trabajadores comprenden su situación en la sociedad -y, afortunadamente, ya son muchos los que la comprenden-, es imposible que consientan para siempre trabajar y morirse de hambre, producir durante toda su vida por cuenta de los patrones y no tener en perspectiva sino una vejez sin techo y sin pan asegurados. Es imposible que, siendo productores de una riqueza siempre creciente, no quieran, al fin, poseer una parte de ella, suficiente para satisfacer siquiera sus más primordiales necesidades. Es imposible que, ya más instruidos, afinados por el contacto de la civilización, aunque ésta sea beneficiosa a otros, habiendo experimentado la fuerza que pueden darles la unión y el atrevimiento, es imposible, repito, que no pretendan algún día aquel mínimo de bienestar y de seguridad sin el cual la vida humana no sería posible.

En otros tiempos, y no muy distantes, cuando aún florecía el artesano y los capitales no estaban tan concentrados y las empresas no eran tan colosales, los proletarios más inteligentes y más enérgicos tenían la esperanza de poder arrinconar un capitalito y convertirse en pequeños propietarios, en pequeños patrones, y esta esperanza absorbía sus energías y les hacía soportar sus presentes miserias. Queda aún en varios países el recurso de la emigración y la esperanza de enriquecerse en América, pero también este recurso de desesperados va desvaneciéndose. Actualmente, el que es proletario sabe o va aprendiéndolo que, por regla general, está condenado a continuar siendo explotado toda su vida, salvo el caso de que adviniera un cambio radical en el orden social. Y por esto reclama este cambio y se une a los demás proletarios, pera conquistar la fuerza necesaria que pueda imponerlo.

Los burgueses y los gobernantes que les representan y les defienden, conocen este deseo proletario y ven la necesidad de hacer algo en este sentido, para evitarse sucumbir en un terrible cataclismo social.

Las masas se agitan, se organizan, adquieren conciencia de su fuerza. Las cárceles y las matanzas no pueden constituir un remedio permanente; precisa tirar un hueso al perro rabioso para que no duerma.

De otra parte, los burgueses inteligentes comienzan a comprender que el trabajador bien alimentado y contento produce más; que el esclavo bien tratado es de más fácil manejo; que actuar de amo en medio de siervos alegres, satisfechos y agradecidos es más que placentero y más seguro que estar en medio de gente que sufre, maldice, odia y maquina venganzas. Comprenden que es necesario instruir a los trabajadores para que sean productores eficaces. Y la instrucción es germen de rebelión.

Los progresos de las ciencias médicas demuestran, mejor de lo que ha hecho la ciencia económica, que cada individuo está interesado en que los demás vivan en buenas condiciones. Cuando se piensa que un tío del rey de Inglaterra, joven, lleno de salud, murió víctima del tifus, según demostraron las averiguaciones hechas, porque un pantalón encargado a una gran sastrería lo hizo, efectivamente, un obrero miserable, en un fétido tugurio, en el cual trabajaba y vivía con su familia, la que en aquellos momentos tenía un pequeñuelo atacado de dicha enfermedad… uno se pregunta: ¿cómo garantizarse contra las enfermedades infecciosas, si, aun siendo ricos, se está siempre en contacto con las gentes pobres, las cuales es imposible cuiden de las reglas más esenciales de la higiene?

Todo tiende, por consiguiente, a cambiar las actuales condiciones sociales en el sentido de un mayor bienestar y mayor justicia  para todos. Las mismas clases dominantes están en ello interesadas.

Ciertamente que, dejada bajo la dirección de la burguesía, la evolución social sería lentísima, por la tendencia que tiene el que manda a huir de innovaciones, por los medios de que esta clase dispone para atraerse, cointeresarse, corromper y absorber a los más inteligentes y activos que surgen entre el proletariado, y porque, efectuada por burgueses y en interés de la dominación burguesa, cualquiera mejora sería un obstáculo puesto a ulteriores, mejoras que se exigieran. Si las masas proletarias, animales y empujadas por los revolucionarios, no ponen a ello remedio, pasarán muchas generaciones antes de que se realice una sensible mejora general, antes de que desaparezcan para todos el hambre, que mata; la miseria, que embrutece; y la desesperación, que empuja al delito.

Pero antes o después, a saltos o gradualmente, las condiciones sociales tienen que cambiar, porque es imposible que los trabajadores las soporten eternamente y porque está en interés de todos que cambien.

Ahora bien; ¿qué cambio será éste y hasta qué punto llegará?

La sociedad actual está dividida en propietarios y proletarios. Puede cambiar aboliendo la condición de proletario y haciendo que todos sean copropietarios, o puede cambiar conservando esta distinción fundamental, pero asegurando a los proletarios un mejor tratamiento.

En el primer caso, los hombres serían libres, socialmente iguales, y organizarían la vida social conforme a los deseos de cada uno, y todas las potencialidades de la naturaleza humana podrían desarrollarse con la exuberante variedad. En el segundo, caso, los proletarios, bestias útiles y bien cebadas, se adaptarían a la posición de esclavos contentos de tener buenos amos.

Libertad o esclavitud, ANARQUÍA o estado servil.

Estas dos posibles soluciones dan lugar a dos tendencias divergentes, que están representadas, en sus manifestaciones más consecuentes, la una, por los anarquistas; la otra, por los llamados socialistas reformistas. Con esta diferencia: que mientras los anarquistas saben y dicen lo que quieren, es decir, la destrucción del Estado y la organización libre de la sociedad sobre la base de la igualdad económica, los reformistas, al contrario, se hallan en contradicción consigo mismos, porque ese llaman socialistas y, en cambio, su acción tiende a sistematizar y perpetuar, humanizándolo, el sistema capitalista, y, por consiguiente, niegan el socialismo, que significa, sobre todo, abolición de la división de los hombres en proletarios y propietarios.

Deber de los anarquistas -y de buena gana diremos deber de todos los verdaderos socialistas- es oponerse a esta tendencia hacia el estado servil, hacia un estado de esclavitud atenuada que castraría la Humanidad de sus mejores dotes, que privaría a la civilización progresiva de sus flores más bellas, tendencia que sirve para mantener entre tanto el estado de miseria y de degradación en que se encuentran las masas, persuadiéndolas de que tengan paciencia y esperen en la provincia del Estado y en la bondad e inteligencia de los patrones.

Todas las llamadas legislaciones sociales, todas las medidas estatales, decretadas y propuestas para “proteger” el trabajo y asegurar a los trabajadores en mínimo de bienestar y de seguridad, así como todos los medios empleados por los capitalistas inteligentes para atar el proletariado a la fábrica mediante premios, pensiones y otros beneficios, cuando no son una mentira y una trampa, son un paso hacia este estado servil, que amenaza la emancipación de los trabajadores y el progreso de la humanidad.

Salario mínimo establecido por la ley, limitación legal de la jornada de trabajo, arbitraje obligatorio, contrato colectivo de trabajo con valor jurídico, personalidad jurídica de los sindicatos obreros, medidas higiénicas en las fábricas y preseritas por el Gobierno, seguros estatales para las enfermedades, falta de trabajo, accidentes del trabajo, pensiones de la vejez, coparticipación en los beneficios, etc., etc., son medidas todas contundentes a que los proletarios continúen siendo proletarios, y los propietarios, propietarios; medidas todas que dan al trabajador (cuando se lo dan) un poco más de bienestar y de seguridad, pero que le privan de aquella poca libertad que tienen y tienden a perpetuar la división de los hombres en amos y siervos.

Bueno es, ciertamente, en espera de la revolución -y hasta sirve para despertarla más fácilmente-, que los trabajadores procuren ganar más jornal y trabajar menos horas y en mejores condiciones; bueno es que los desocupados no se mueran de hambre, que los enfermos y los viejos no queden abandonados. Pero todo esto los trabajadores pueden y deben obtenerlo por sí mismos, con la lucha directa contra los patrones, mediante su organización, con la acción individual y colectiva, desarrollando en cada individuo el sentimiento de dignidad personal y la conciencia de sus derechos.

Los “dones” del Estado, los “dones” de los patronos son frutos envenenados que en sí mismos llevan la semilla de la esclavitud. Es necesario rechazarlos.